Sunday, July 04, 2010

Yanomami, por José Antonio Carrera



Siempre me han interesado los pueblos primitivos, las culturas en grave peligro de extinción.

Un impulso que, en el verano de 1994, me llevó a emprender mi primer viaje al Alto Orinoco, para visitar a los Yanomami, el mayor grupo indígena del planeta que vive, ajeno a nuestra civilización, a lo largo de la frontera, entre Venezuela y Brasil.




Entre la documentación sobre estos selvícolas, previa al viaje, me encontré con un libro excepcional: “Yo soy napeyoma”. En él, Helena Valero, cuenta su prodigiosa historia.



Raptada por los Yanomami, cuando tenía trece años, recorrió con ellos miles de kilómetros a pié, cruzó las más altas cumbres del Amazonas y fue entregada a varios hombres, de los que tuvo dos hijos. A pesar de todo, siempre la llamaban napeyoma, “la que no es yanomami”.


¿Si no eres de aquí, de donde vienes tú, mamá? – Me preguntaba Miramawë. Yo soy otra gente , hijo –le decía. – hace mucho tiempo que estos indios flecharon a mi papá y a mi mamá. A lo mejor ellos se han muerto. A mí también me flecharon … Y le contaba toda la historia.


Elena Valero, en su casa de Ocamo. Alto Orinoco, Venezuela. Agosto de 1994




Veinticuatro años después, logra escapar con sus hijos y busca a su familia original. La encontró. Pero ellos no vieron a su Elena, sino a la madre de un yanomami, a la mujer de un yanomami. No la podían aceptar, pertenecía al bosque. Aquí también era ya una Nape: La que no es.


En 1.971, el padre salesiano, Luis Cocco que tenía una misión con los yanomami del Ocamo me propuso trabajar con él. Acepté. ( ..) No es cierto que yo he vuelto a la selva, como han escrito por ahí algunos periódicos, porque ya no podía acostumbrarme a la civilización. Eso es una mentira grande. Sí en la selva hay cosas buenas: cacería, plátanos, fruta, miel…libertad. Pero y los flechazos, los golpes, los tigres, las culebras, las rayas, las hormigas 24, el waka moshi… No, nunca llegué acostumbrarme…
Y aquí fue donde la encontré, aquel verano del 94, en su casa de Ocamo, a orillas del Orinoco, ya ciega y pobre.


He vuelto a la selva, si, porque no hay sitio para mi en la ciudad. Me quedo contenta al lado de los indios, quiero enseñarles como pueden ser felices acá mismo y que en nuestra civilización no podrían estar mejor.
Le conté mi deseo de encontrarme con los grupos más aislados y convivir con aquellos que no conocían otro mundo más que el suyo y sonrió levemente.

Y es que, en el fondo, viajar, convivir con otros y fotografiarles es para mi un único acto. Poder abandonarme completamente a la emoción de descubrir en ellos ese misterio que no se ve a primera vista y que la fotografía me permite tratar de desentrañar. Y lo intento mostrando, no tanto su vida cotidiana como su identidad profunda, a través del retrato, por encima de su apariencia pintoresca.
José Antonio Carrera



A pesar de que Porawë es un buen cazador, hoy también regresa al shabono con las manos vacías. Se avergüenza, pero su entrada debe ser altiva, digna, solemne.







Una noche, los cazadores se transformaron en guerreros, pintaron sus cuerpos de negro, tensaron sus arcos y afilaron las flechas. Al amanecer, lanzaron un grito profundo, esperaron a que el eco les devolviera su sonido y se quedaron estáticos frente al shabono, esperando al enemigo

Detrás de los conflictos suele haber mal de ojo, celos o lo que es peor, el secuestro de una mujer por un grupo rival. Por eso, las buenas relaciones con los vecinos, las alianzas e intercambio de regalos son fundamentales. Si esto falla, estalla la guerra.



Kasiewë era un gran cazador. No había secretos para él en este mundo, ni en los otros. Sabía engañar al ronsoco, la hora en la que se posa el paruri, grande como un pavo, y los rincones favoritos del urogallo. Sabía que hacer, para que el jabalí no te huela y como esperar al armadillo, al tapir y al caimán.

Pero sabía, sobre todo, manejar el arco. Sus flechas daban en el blanco a la primera.




El niño llevaba varios días sólo en su chinchorro, debía estar enfermo. Porque aquí, cuando alguien enferma, le dan su medicina y le dejan solo. Así, esperan tranquilamente a que eche su mal.







El güanepe es como el cordón umbilical, por el que el niño sigue conectado a su madre, hasta que echa a andar. Consiste en una especie de faja en bandolera, hecha con la corteza del okoma, que la madre soba, hasta lograr la máxima suavidad.
Konopama exhibe orgullosa su posición de primera dama. Es la mujer del jefe Hiriwë, el gran cazador. Los cráneos de sus piezas logradas lucen como trofeos. Sabe que no le faltará de nada.




Un hogar tras otro forma el círculo del shabono. En medio de la inmensidad oscura de la selva, la gran plaza central se abre a la luz del sol y las estrellas. En ella, los niños juegan despreocupados y seguros y sus padres, trazan el espacio sagrado, para las ceremonias






Mi ultimo día con los Yanomami. Shabono de Hasupiwetheri, Alto Orinoco. Venezuela. Agosto 1996

Desde que entré en su territorio, encontré el mismo tipo de gente que en nuestra sociedad; sentí que compartíamos la misma humanidad. En el shabono, como invitado que era, siempre me trataron con respeto, como a un viejo amigo que regresa al cabo del tiempo.

Como escribió el antropólogo francés Jacques Lizot: Los Yanomami son guerreros; pueden ser brutales y crueles, pero también pueden ser delicados, sensibles, y amorosos. Pese a su condición de selvícolas, son esencialmente como cualquiera de nosotros. Les fotografié tranquilamente, sin forzar nada, adaptándome a sus ritmos, con paciencia, la misma que tuvieron conmigo.
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