Sunday, March 31, 2013

La evolución es mejor que la revolución


Un artículo de Daniel Gordis sobre la elección de la nueva jefatura del rabinato israelí me recuerda una idea querida y recurrente, la que evoca el título de este brevete.

Algunos momentos obligan a la revolución: en general se trata de momentos de liberación, cuando es necesario el uso de la fuerza para romper un yugo anacrónico, innecesario e inmisericorde.

Mi percepción es que esos momentos han sido extraordinariamente raros y lo son aún más hoy. Mi convicción es que la evolución llega más lejos, mucho más lejos, que la revolución y que lo suele hacer más rápido, mucho más rápido.

Cuando afirmo que los momentos que exigen una revolución han sido muy raros no quiero decir que no hayan abundado, solo que los verdaderamente útiles han sido escasísimos.

Y eso en la historia de los últimos treinta siglos. En la historia reciente, desde la extensión de nuestras balbuceantes neodemocracias, aun paupérrimas, siento que las revoluciones son, en esencia, absolutamente innecesarias y siempre dañinas. Desde luego son, sin duda, antidemocráticas, aunque esto en sí sea insignificante.

La potencia del conocimiento y la inteligencia colectivos de la humanidad es tan obviamente superior a los individuales y grupales que no llego a alcanzar cómo se puede abrazar el iluminismo sectario propio de toda revolución.

Mi análisis concluye que la revolución es, necesariamente, fruto del iluminismo de algunos (aunque arrastre a muchos) y, por ello, más ineficaz que la evolución destilada por la suma de todos.

La Singularidad, ese momento de la historia, a la vuelta de la esquina, en que el hombre trascenderá su bilogía, según Ray Kurzweil, culminará una realidad que ya vivimos: la humanidad compartirá un cerebro. Frente al temor de algunos, otros creemos que eso no acabará con la subjetividad ni con la humanidad.

Así, ¿qué lleva a muchos a seguir ansiando la revolución, a pensar que ésta puede sernos más útil y eficaz que la evolución?
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