Thursday, November 12, 2009

Coeur et Courage

La cultura, mal que les pese a muchos, es cosa de pocos, oí decir hace mucho a Dragó.

La afirmación es tan cierta como falaz es el aforismo de que el saber no ocupa lugar.

Tras disfrutar este puente pasado de nuestro XV pavo, ahora laguchino (¡cinco horas en horno de leña, ummmm!), con los amigos, de lo que daré cuenta en breve, espero, el martes me acerqué al cine a ver el Coeur et Courage, de Arantxa, cuyo estreno anuncié hace poco, haciéndome eco de las espléndidas loas que había recibido de los críticos.

Aunque la excusa del documental sea el fallecido bailarín Béjart, coincido con nosoydirectordecine en que es un maravilloso y realista retrato de la inigualable tensión del creador exigente, aquí personalizado tanto por Gil Román, sucesor de Béjart a la cabeza del Béjart Ballet Lausanne (BBL), sobre el que gira lo que vemos, como de la propia autora del documental, Aranxa Aguirre, que de casta le viene al galgo.

La película, producida por López-Li Films, nos cuenta la historia de Gil Román en su esfuerzo por hacer honor a la responsabilidad que su maestro y amigo le endilgó al hacerle heredero de su BBL, de su obra y de su exigencia creativa. Y hacerlo solo, por más que acompañado, y con urgencia.

Al morir el mito, la preciosa ciudad de Lausanne, principalísima patrocinadora del BBL, con buen criterio les concedió tres años para probar que seguían mereciendo su apoyo. Aquí vuelvo a coincidir con nosoydirectordecine: "qué pena que no se vea la resolución de la visita del alcalde de Laussane," sabia y gozosamente retratado por la penetrante cámara del gran López-Li.

El maestro, Béjart, no fue tan generoso como Lausanne, como bien se percató Román, muy consciente de que el reto se dilucidaría mucho antes, en el primer combate, sin que segundas batallas pudieran revertir ese primer resultado. Además, el combate no podía demorarse, que el transcurso del tiempo solo traería incertidumbres y añadiría problemas, como bien supo indentificar el heredero.

Román debía afrontar sin tregua un complejo frente: primero, el duelo por la muerte de su genial compañero, mayor que él; luego, el duelo por la desaparición de su maestro y parapeto; luego, su conflicto entre lealtad y personalidad, entre el arte heredado y el propio; luego, su ascenso al mando supremo, encargado tanto de la unión de otros artistas geniales, hasta entonces sus compañeros, que también agonizaban entre dudas y expectativas, como de la confrontación con administradores y observadores de los medios y de la 'cultura', dicho sea sin demasiado retintín, muy atentos a si estaría a la altura. Y, bañándolo todo, su propia exigencia, personal y artística, si es que en este caso puede hacerse tal distición.

Desde luego, la herencia era espléndida. Hasta alguien tan poco aficionado como Willy disfrutó del esplendor y la belleza de sus vestuarios, de sus danzas, de la tensión creadora de unos cuerpos increíbles, de su belleza plástica. Ya su lugar de trabajo privado, un pequeño chalet en esa preciosa ciudad suiza, incita a la laboriosidad auténtica y concentrada, más cuando vemos la casita con sus cálidas luces encendidas entre las frías penumbras del alba y del anochecer.

Todos los elementos para la creación estaban disponibles. Gil Román no podría excusarse en carencias, como no fuera la premura de tiempo, ineludible. Todos, empezando por sí mismo y por sus más próximos colaboradores, le observaban con lupa y le iban a medir implacablemente.

El documental nos hace gozar intensamente al permitirnos compartir con imágenes perfectas y reveladoras el indescriptible placer que proporciona el esfuerzo y el compromiso de un exigente grupo, capitaneado por Román y rodeado por un foso lleno de monstruosas angustias, reflejo de lo que muchos de ellos se jugaban en el lance, por crear una obra bella.

El reto que Gil Román propone, y con el que sus compañeros se comprometen, fue presentar al público, antes de que transcurriera un año de la muerte del maestro, una coreografía nueva, no una de las heredadas, que exhibiera lo que eran capaces de hacer, pues bien les había enseñado Béjart que de eso se trataba, de crear permanentemente, porque incluso para recrear las coreografías heredadas debían acreditar que tenían dentro el arte y la exigencia necesarios.

Ese proceso es el que Arantxa nos acerca y nos deja compartir. Gracias Arantxa.

Sorprende agradablemente, al menos me sorprende a mí, tan alejado de tal don, el tono de voz pausado y siempre amable con el que Gil se dirige siempre a sus bailarines, o a la cámara, cuando ésta capta sin piedad y nos muestra la enorme tensión en la que vive. Agrada la manera sintética en que presenta a los miembros del ballet a su mecenas, el orondo alcalde de Lausanne. Alegra la manera en que sonríe, pues Gil Román tiene una sonrisa preciosa, como me apunta Susan, especialmente cuando se mira con un tanto de distancia e ironía. Todo ello apuntaba maneras, pero en absoluto era garantía de que el resultado fuera el arte esperado, que éste es muy suyo y tiene reglas inescrutables.

Pero cuando, dos días antes del estreno, ya en el teatro que iba a juzgarle y marcar su destino, Gil Román se acerca al escenario y rechaza, sin acritud pero con convicción, las pantallas que le habían colocado; cuando se pasea preocupado entre las butacas mirando al escenario con insatisfaccion; cuando le pone un culotte a la guapísima bailarina rusa, para cubrir las medias que no eran todo lo sexies que el público exige; cuando, al día siguiente, tras una noche sin sueño, decide, con una sonrisa, simplemente suprimir lo que no funcionaba y, al hacerlo, resulta obvio que tenía razón, ahí, en ese momento, es cuando yo pensé que es muy probable que este Gil Román tenga lo que hay que tener para llenar bien las calzas que su amigo y maestro le había legado.

Pero, por encima de todo, lo esencial de esta película es que nos exhibe y nos imbuye el valor que atesora el esfuerzo y el compromiso (sí, ya se que me repito, pero es que se trata de esto, precisamente de esto) de unas gentes comprometidas en el intento de hacer algo todo lo bien de que son capaces, y su capacidad es muy alta, vive Dios, y, al mismo tiempo, nos hace partícipes del esfuerzo, también muy solitario, como el de aquéllos, de una mujer, Arantxa, y su mínimo grupo de colaboradores por hacer excelentemente algo, una película, sabiendo, como sabe, que será apreciada por pocos y que su principal remuneración la habrá de encontrar en la satisfacción del trabajo bien hecho.

Para mí ha sido una gozada disfrutar esta película, que no sé si seguirá en cartel, en el Pequeño Cine estudio de Magallanes (Calle Magallanes, 1, a la vuelta del Hollywood, que está hecho unos zorros, el Hollywood, no el cine), a las 22:15 horas, pero que esperemos que pronto podamos verla aunque sea en la tele. La peli se ha vendido ya a muchos países, pero no es esperable que, a pesar de su calidad e incluso de las espléndidas críticas con que ha sido recibida, sea profeta en su tierra.

En cualquier caso, ojalá tenga Arantxa muchas ocasiones de crear tanta tensión y belleza.

Como todos habréis podido leer, y sino deducir, la imagen del comienzo es el cartel con el que anuncian la película en Japón, donde sale con siete copias, ni más ni menos... por algo me gusta tanto el este asiático, los jardines zen de Kioto... ¡ay mamita!
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