Friday, August 01, 2008

Marianne, separatismo español y error en el combate

Marianne viene incordiando seriamente en España, y así a los españoles, desde siempre.

No se trata de una gratuita voluntad de joder sino del propósito legítimo de predominar y dominar.

A menudo lo ha hecho con éxito, aunque a veces también le haya salido mal.

Como sabéis, sostengo que los atentados del 11-M fueron pergeñados por la guapa Marianne como elemento esencial de la corrección de su posicionamiento estratégico... y a medida que ocurren cosas, más convencido estoy.

Lo que, por otro lado, no deja de sorprenderme es lo bien que le está saliendo otra de sus ya tradicionales insidias, la cizaña separatista que con paciencia, ciencia y conciencia ha sembrado en España y a la que cuida con celo de puritana renacida.

Va a lograr en el siglo XXI más incluso de lo soñado... hasta el punto de que puede lograr más de lo querido y deseable.

Pero a lo que iba. Los políticos españoles de la llamada Transición del último cuarto del siglo XX y comienzos del XXI han acreditado más allá de lo imaginable su torpeza (puede que el calificativo deba ser otro, pero con torpeza basta). Me refiero a los políticos que no están al servicio directo y consciente de los intereses de Marianne (pues a estos solo puede alabárseles su buen hacer).

Visto a toro pasado, era obvio que con la constitución española y el sistema electoral que Marianne se aseguró de que nos diéramos, junto a la voracidad administrativa que tantos interesados han exhibido y exhiben sin el menor pudor, los separatismos iban a hacer su agosto, y que la defensa del bien común español iba a ser sistemáticamente usada como fuente de agravios a los del terruño respectivo (pues que no hay nada como el ombliguismo, más en un mundo de agobiante globalización y aterradoras velocidades) y, así, la defensa de España produciría el efecto contrario al deseado, llevando a la desunión, cuando no el rechazo y odio más intensos.

Solo había, pues no sé si aún cabe, un camino para salir de tal círculo vicioso, que nuestros autoalabados visionarios de la política no supieron, quisieron o pudieron seguir. Y no se trata de vía desconocida, pues se ha andado hasta la náusea. Pero es muy eficaz: encontrar y enfocar permanentemente al enemigo exterior común... que, claro está, no es otro que nuestra queridísima vecina del norte, nuestra muy apreciada enemiga letal, la bellísima Marianne.

Pues a eso: Desvelemos la perfidia natural del gabacho, casi tan acendrada como la de Albión, y alcemos nuestro grito furioso y nuestra acción más decidida contra ella.

Además, hoy podemos hacerlo mientras tan campantes salvamos a los gabachines en lo personal y seguimos comerciando y fornicando con ellos a tutiplén... que últimamente a ese nivel no nos llevamos tan mal.

Puede que sea tarde... pero no se me ocurre otra.
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